Verano traidor

Aquel verano llegó puntualmente todos los días a las 4 de la tarde. Montaba su trípode, colocaba aquel indescifrable aparato sobre él y proyectaba una luz verde contra la pared de la gasolinera. Luego de unos minutos de concentrada labor, sacaba una libreta y hacía unas anotaciones que a juzgar por la dureza de su rostro, se trataba sin lugar a dudas de muy valiosos apuntes. Luego guardaba la libreta en un maletín negro, desmontaba su equipo, se subía a su auto y se marchaba. No entendíamos por qué lo hacía, nuestras teorías divagaron entre algún novedoso sistema de ingeniería que podía medir todo por un láser hasta un sofisticado método para acabar con los insectos que habitaban esa despostillada pared.


Un vez, vencidos por nuestra adolescente curiosidad decidimos preguntarle qué es lo que hacía. Nos ignoró por un par de segundos, volteó hacia nosotros, deslizó sus lentes sobre su nariz hasta que sus ojos nos miraban por encima de ellos, sonrío casi compasivamente y nos mandó a la mierda. Ni más volvimos a preguntarle pero nunca dejamos de sentarnos en la vereda del frente para observar aquella monótona labor.


Llegó el día que debíamos ir a la universidad. Lo que nos angustiaba no era el ingreso a ese nuevo mundo si no la posibilidad de descuidar nuestra labor de vigilancia a aquel extraño tipo y su indescifrable labor diaria. Decidimos organizarnos por turnos según nuestros horarios de clases. Quedamos divididos en 2 grupos: el primero que vigilaría lunes, miércoles y jueves estaba integrado por Ariana, Román y Julio. Los demás días los cubriríamos Gaby y yo. Nos juntábamos todas las noches para compartir las novedades (que consistían en nada) de nuestra vigilancia y nos pasábamos horas hablando sobre lo mismo. Nos habíamos obsesionado con él.


Un día que Gaby y yo hacíamos vigilancia, llegó pero no bajó del auto, angustiados lo esperamos por varios minutos. Picados por la incertidumbre decidimos acercarnos al auto, lentamente y fingiendo ir solo de casualidad por ahí. Una vez cerca nos animamos a mirar, lo vimos recostado contra el asiento del copiloto, tocamos la puerta y no hizo caso. Decidimos abrirla y lo sacudimos, pero nada. Cuando lo volvimos sobre su asiento vimos que de la boca le brotaba una espuma verdosa y no respiraba. Estaba muerto. No sabiendo qué hacer miramos hacia el interior del auto y vimos varias maletas exactamente igual, decidimos abrir una por una y todas estaban llenas de libretas con sus apuntes. Entonces empezamos a revisar las libretas y todas tenían anotadas la misma frase hasta el infinito: “La luz verde recrea las paredes”. Nos encogimos de hombros, cerramos la puerta del auto y nos fuimos. Nunca más volvimos hablar del tema.

LA ORGANIZACIÓN

Voy a casa de mi novia, hemos quedado en vernos hoy. Parece que voy a un velorio y no por mi actitud, si no por mi vestuario: estoy totalmente de negro, es el color que le encanta a ella. El bus apenas tiene gente, es domingo por la noche y las calles lucen despejadas. Me lamento por haber perdido unos libros que me regaló mi hermana por navidad y que me hubiera gustado prestárselos a mi novia. En esas lamentaciones ando cuando suena mi celular, miro la pantalla y sale “privado”. Dudo en contestar, las llamadas en privado siempre me han parecido altamente sospechosas. No contesto y lo dejo sonar y sonar. Pero ante la mirada insistente de los pocos pasajeros, decido contestar. Es una voz de hombre, metálica, fría.

-Joaquín.
-Si, él habla…
-Debes ir en media hora al Parque Primavera.
-No entiendo…
-Es sencillo, te sientas en la banca mas cercana a la rotonda y esperas que un tipo deposite el paquete en el tacho que está a la derecha, luego de 5 minutos te pones de pie y lo recoges. Ahí recibirás nuevamente instrucciones de la organización.
-Pero…

Me cortan la llamada, no me deja explicarle que es una equivocación, que se equivocaron de Joaquín, que yo no tengo que ir a ningún otro lado que no sea la casa de mi novia. Luego de pensarlo por un par de minutos decido bajarme del bus y tomar otro que me lleve hacia el parque. En el camino pienso en lo absurdo de la situación, pero la curiosidad puede mas. Llego al parque y me siento en la banca indicada, me pongo ansioso, pienso que debí traer cigarrillos, me busco los bolsillos por si dejé alguno olvidado. De pronto llega un tipo vestido de negro, discretamente deja un paquete en el tacho y se aleja sin siquiera mirarme. Espero que se aleje un poco, me acerco y saco el paquete del tacho. Está dentro de una bolsa, pienso en abrirla pero el sonido del celular me distrae de ese pensamiento, sin siquiera mirar el número contesto.

-Ahora que tienes el paquete ve hacia el Parque Del Tren y deja el paquete a un lado del monumento, luego retírate discretamente, ve a tu casa. La organización te agradece por tus servicios.
-Un momento…

Nuevamente corta la llamada, quiero preguntarles qué diablos es “la organización”, quiero reclamarle por mandarme a un parque tan peligroso como ése. Maldigo en silencio mientras espero el bus que me lleve hacia el Parque Del Tren. No tarda en aparecer y tampoco tarda en llegar hasta el parque. Me bajo y camino hacia el monumento, es uno de esos monumentos abstractos, incomprensibles, de esos que no se sabe por dónde empiezan ni dónde acaban y menos qué significan. La única certeza es que nadie los entiende pero todos opinas como si entendieran algo. Cuando ya estoy cerca, aparece un perro delante de mí, me mira furioso y me muestra sus enormes colmillos, me paralizo de terror y abrazo fuertemente el paquete, el perro se me acerca despacio pero decidido, yo retrocedo despacio y muerto de miedo. Cuando quedo arrinconado contra un auto abandonado y el perro ya me va atacar, surge de mí un valor que desconozco y doy un paso adelante, ahora otro y el perro agacha la cabeza, abandona su valor y se va gimoteando. Me siento orgulloso de mi valor y lamento que no haya nadie de La organización cerca para que me vea y felicite. Me acerco al monumento, dejo el paquete a un lado, me alejo hacia el paradero, cuando ya voy a llegar, volteo y miro, un tipo vestido de negro y tan desconcertado como yo al principio, se acerca titubeante al paquete, lo toma, trata de abrirlo pero se detiene, saca su celular, parece contestar una llamada. No puedo ver mas porque aparece el bus y me voy a mi casa, sólo ahí me acuerdo de mi novia, pienso en llamarla y decirle lo sucedido, pero la historia es tan absurda que no me la creería. Resignado a mi próxima pelea llego a mi casa, cuando voy entrar suena el celular, es mi novia.

-¿Estás bien?
-Si, déjame explicarte porqué no fui…
-No tienes nada que explicarme, tu amigo me llamó explicando lo sucedido, me dijo que no vendrías, que estabas enfermo, que te dejó durmiendo y le encargaste me avise.
-Pero…
-¿Deseas que vaya a verte? ¿Necesitas algo?
-No, gracias por preocuparte.
-De nada amor. Descansa y no salgas a la calle.
-Gracias de nuevo.

Entro a mi casa, prendo la luz y sobre la mesa están los libros que perdí en la mañana. Los abro para comprobar que sean los mismos, de uno de ellos cae una tarjeta que tiene un mensaje: “Gracias por el trabajo, fuiste muy eficiente hoy. La organización te lo agradece”. Me siento orgulloso de mi mismo. Espero ansioso el próximo llamado de La organización.

NUESTRO JOE COCKER

Son las 8 de la mañana, la 70 está rebalsada de gente que, a pesar de ser temprano, ya huele muy mal. El reproductor de música solo me aísla de sus aburridas charlas pero no de sus pútridas emanaciones corporales. De pronto sube un músico ambulante, debe tener unos 60 años, viste unos trapos viejísimos. No dice nada y de frente empieza a tocar la guitarra y a cantar (lo puedo escuchar a pesar de mi reproductor) “With A Little Help From My Friends”. Pero no es una interpretación cualquiera, lo hace tan bien que haría avergonzar al mismísmo Joe Cocker. Ahora nadie puede evitar mirarlo, incluso algunos lo acompañan haciendo palmitas y otros canturreando en voz baja. Nuestro Joe Cocker peruano nos ha cautivado a todos, todos nos sentimos en Woodstock, incluso el chofer parece embelesarse con el canto y ahora maneja muy despacio, evitando los baches de la Av. Canadá. De pronto el cantante sale disparado hacia delante, cae encima de su guitarra (y de paso la destroza), todo su público también es zamaqueado. Nadie sabe qué ha pasado. Cuando nos ponemos recuperamos de la confusión, vemos que nos ha chocado un camión por detrás. El pobre músico gimotea abrazado a su guitarra, ahora ya no se parece al viejo Joe, ahora sólo parece un viejo y abandonado pastrulo. Lo miro y quiero darle unas monedas a manera de consuelo, pero en ese momento aparece otra 70 y viendo el apremio de la hora, me subo (y junto a mí suben todos los que viajaban conmigo) sin que nadie le de una misérrima moneda.

CATERPILLAR

Yvonne ha podido al fin cobrar una herencia que le dejó su madre. Luego de un largo litigio con una loca tía suya, al fin tiene lo que le corresponde. Ahora quiere realizar un negocio que -asegura ella- le va rendir mucho dinero: Comprar una Pala compacta de Caterpillar. Jura que alquilándola a las constructoras improvisadas, recuperará su dinero y ganará mucho más. Yo discrepo totalmente de su plan, pero como siempre en la vida, me es imposible refutarla y termino por acceder a acompañarla a comprar semejante monstruo.

Cuando llegamos al lugar donde venden esas máquinas, nos atiende un tipo con la sonrisa más falsa del universo. Nos habla de las bondades de esa gigantesca oruga, de su buen control de la suspensión, el mejor mando de la dirección, su novedoso sistema de arranque, la transmisión automática y la rudeza de su motor. No hace falta más rollo para convencerla. Firman unos papeles, le entrega el dinero y el vendedor le dice que mañana mismo la tendrá donde ella desee. Yvonne sonríe con su sonrisa que enamora a medio mundo (porque el otro medio mundo ya está enamorado de ella) y le pregunta si se la puede llevar ella misma, el vendedor –muy desconcertado y embelesado a la vez- le dice que si pero no es lo más recomendable.

Nada de eso le importa a ella que se monta en la máquina y mirándome desde arriba me dice que si voy a subir o voy a ser una niñita que se irá en taxi. En verdad quiero ser una niñita e irme en taxi pero no puedo negarme y me trepo a su lado mientras ella enciende furiosa y excitada, el bronco motor.

Nos dirigimos hacia Surco, vamos por la congestionada Avenida Aviación y a 10 Km., por hora, lo que desespera a los demás chóferes que quieren insultar al chofer de esa mole andante, pero se quedan callados al descubrir a una bella rubia manejando (y a su lado un desastrado y avergonzado acompañante), así que refunfuñando tratan de esquivarla y seguir resignados su camino.

Cuando llegamos a su casa (vive en una estrecha calle) estaciona la máquina frente a su puerta (a un grupo de niños que están jugando a un lado se le congelan los mocos al verla llegar en el Caterpillar), bajamos y me dice para tomarnos unas cervezas a manera de festejo. Cervezas que yo me tomo a manera de ansiolítico ante tanta acción. Luego nos fumamos unos porros y nos bebemos más cervezas, tantas que nos quedamos dormidos y sólo nos despiertan los fuertes golpes contra la puerta y el sonido de unas sirenas.

Al abrir la puerta nos encontramos con unas patrullas de serenazgo del distrito, le dicen que está prohibido estacionar maquinaria de construcción sin permiso municipal. Ella eructa en su cara y le dice que no jodan, el Sereno –ofendido en su orgullo serenístico- la amenaza con llamar a la grúa para que se lleven la oruga. Ella le tira la puerta en la cara, saca más cervezas y me empieza a contar sus (locos) planes. No pasa ni media hora y de nuevo la puerta es golpeada con furia.

Ahora es el Sereno acompañado de una grúa y una última amenaza: o la retira o se la lleva con la grúa. Yvonne le echa el humo del porro en la cara y le dice que lo intente. Se sienta en el piso, le da otra calada al porro y se caga de la risa al ver como el chofer de la grúa empieza a enganchar a su nuevo engreído. Yo me contagio de su risa y bebo otro trago más. Una vez enganchados, el chofer intenta remolcar la máquina pero no avanza ni un centímetro, Yvonne se ríe peor y como una gata fiera, se trepa en su Caterpillar, lo enciende y es ella quien arrastra la grúa hacia una calle vecina, el chofer resignado (y humillado) desengancha su vehículo y decide marcharse. Volvemos a su calle, se vuelve a estacionar y me dice para seguir bebiendo mientras esperamos que amanezca. Que mañana hay mucho trabajo por hacer.

LA CHICA DE LA 70

La chica estudiosa de la 70 se sube todos los días con su aire de distraída, sus lentes de colores, su cabello amarillo, su libro en la mano (al que siempre está leyendo) y su belleza exagerada para esta horrible ciudad. Siempre parece flotar, nunca tiembla ante un bache, no se zamaquea anta una frenada intempestiva, no se incomoda ante un charlatán inoportuno. En suma, nunca se da cuenta de nada, menos de mí, que la miro embobado, que cada vez que la veo parada quiero darle mi asiento, aunque en el fondo y si me hiciera caso, le daría mi vida. No te bajes nunca (de mi vida) cariño.

Soy (es un título muy pretencioso, porque nunca soy)

Soy la duda, la incertidumbre, el limbo. Soy el aborto, el polvo frustrado, la eyaculación precoz, el eunuco. Soy el penal fallado, el autogol, el empate. Soy el tiro al aire, el clavo doblado, el estornudo que nunca salió, el espigón (los espigones son puentes frustrados, sentenció Joyce). Soy el roto sin su descosido, el loco sin su tema, el tal sin su cual, la mugre sin uña. Soy la grampa atrapada, la trampa sin víctima, el sebo sin trampa, la carnada sin su cazador. Soy la parca sin su muerto, el ángel sin su dios que traicionar, la traición sin amante, la venganza sin enemigo, el amor sin odio que lo mantenga vivo. Soy la raíz cuadrada de 2, la ecuación imperfecta, el cero a la izquierda. Soy la tía solterona, el tío fracasado que nadie quiere, el abuelo pedorriento y chuchasumay que debe morir. Soy la camisa de fuerza sin su loco, la locura sin pretensiones, la sed en el mar, la pancita de burro sin su Lima. Soy el lugar sin su crimen, el criminal con moral. Soy ni chicha ni limonada, ni fú ni fá, ni cara ni sello, ni frío ni caliente y menos tibio.

CERRADO POR DERRIBO.

El blog está cerrado por derribo (emocional) de su autor. Nos veremos nuevamente cuando el (mi) clima mejore.

VOCES

Jaime, oye tú, ven, no fue así, corre, ayer, voltea, Jimmy, cuidado, gritos mucho gritos, mamá, despierta, regresa, no te vayas, juega.

Todo eso son las voces que escucho en mi cabeza algunas noches antes de dormir. No recuerdo exactamente desde cuándo me sucede eso, pero si tengo la certeza que fue desde niño. Antes me daba miedo escucharlas, siempre asocié esas voces a cierto tipo de esquizofrenia latente pero con el tiempo me parecieron hasta cierto punto divertidas. Un día se lo conté a un familiar cercano y por poco no me lleva directo al manicomio, así que decidí callar por un tiempo más, hasta que se lo conté a una amiga y me ella me dijo que escuchaba igual algunas voces y que tampoco lo contaba por iguales motivos a los míos. Así que decidimos hacer una discreta encuesta entre amigos y familiares y nos dimos con la sorpresa que eran muchas las personas que las escuchaban (siempre antes de dormir o cuando se empezaban a quedar dormidas) y que callaban por nuestros mismo motivos. Decidimos investigar en internet y encontramos este esclarecedor artículo que le quita mucho de mito a algo que sucede más de lo que se pensaba.

¿Alguno de ustedes escucha esas voces? ¿Lo admiten? ¿Creen que soy (somos) esquizofrénico(s)?



Oír voces "es normal"

BBC Mundo Ciencia

Se creía que oír voces era el primer síntoma de una enfermedad mental, pero al parecer puede ser algo normal.


Eso es lo que cree un equipo de psicólogos británicos que además, dice esto es algo muy común entre la gente.
Una de cada 25 personas suele oír regularmente voces en la cabeza, revela el estudio llevado a cabo en la Universidad de Manchester, Inglaterra.

Se encontró además que muchos de los que escuchan estas voces no buscan ayuda porque éstas, dicen, tienen un impacto positivo en su vida.


Las voces en la cabeza son para mucha gente un signo de "consuelo e inspiración".

Pero tal como explica a BBC Ciencia el doctor Miguel Ángel Cherro de la Asociación Mundial de Psiquiatría Infantil y de Adolescentes, "el estigma asociado a la audición de voces, podría evitar que la gente que tiene esta experiencia busque ayuda".

Diversidad

Se sabe que mucha gente entre la población en general escucha voces, dicen los psicólogos.

Pero estas personas nunca han sentido la necesidad de acudir a los servicios de salud mental.
Algunos expertos incluso creen que es mayor el número de gente que escucha voces y no busca ayuda psiquiátrica, que el número de gente que sí pide ayuda.

Quienes oyen voces lo describen como la experiencia de escuchar que alguien llama tu nombre y al voltear no hay nadie.

La gente también suele sentir que las voces son como pensamientos que entran en tu mente desde fuera de ti mismo.

No tienen idea de lo que esa voz podría decir, e incluso podrían sostener con ésta una conversación.

El equipo de Manchester desea investigar ahora por qué algunas personas ven sus voces positivamente mientras que para otras en una fuente de angustia.

Los investigadores creen que el escuchar voces en sí mismo no es la causa del problema.

Lo que es más importante, indican, es la forma como la gente interpreta estas voces.

Los factores externos, como las experiencias y creencias de la persona, podrían tener una influencia en la forma como se perciben.

Contexto

Los expertos creen que si una persona está tratando de superar un trauma o tiene una baja autoestima, o ve a los demás como seres agresivos, es más fácil que interpreten sus voces como hostiles y perjudiciales.

Por el contrario, si una persona ha tenido experiencias más positivas en la vida y se ha formado creencias más sanas sobre sí misma y los demás, quizás tendrá una visión más positiva de sus voces.
Estudios en el pasado han demostrado que a menudo la gente que escucha voces ha sufrido una niñez traumática.

De cualquier forma, tal como señala el doctor Cherro, no existen suficientes estudios epidemiológicos para poder afirmar de manera consistente cuántas personas presentan esta situación.

Además, el estigma también podría jugar un papel fundamental.

Según el experto, "tradicionalmente se adscribe el tener la audición de voces como un signo característico de lo que se denomina delirio", agrega.

Esta, dice el experto, "es una creación de la imaginación que está despegada de la realidad".

Pero es muy probable que haya personas que escuchen voces en términos de intercambio y de reflexión y esto no necesariamente significa un delirio.

"No me extrañaría que la gente que tiene esta experiencia tenga un temor grande de ser tomado por loco o ser considerado un paciente psiquiátrico y por lo tanto es probable que lo oculte", señala.

Es por eso que según el experto, "son necesarias más investigaciones donde la gente verdaderamente responda si existe o no la presencia de voces en su vida diaria".

Fuente: BBC Mundo.

EL PEOR ENEMIGO

Me llega altamente tu "mejor amigo". Me jode, me arde, me quema y no estoy disimulando. Me llega que le cuentes a él nuestros problemas, que te acompañe, que vaya a tu casa, que te haga reír o que te cuente sus penas que no le interesan a nadie.

Me llega que me digas "no te pongas celoso, él no me mira con ojos de hombre", entonces cariño malo, acá entre nos ¿con qué ojos te mira? ¿De mujercita? ¿De santidad? ¡Qué se joda!

EL PUÑAL Y EL CORAZON

Me ha despertado el sonido de un grillo que nos ha vigilado todo el tiempo. Una vez que mis ojos se adaptan a la penumbra de la habitación puede ver tu cuerpo desnudo y silente abandonado a la complicidad de tu cama. Tu piel casi transparente y sedosa me conmueve. Siento que no puedo compartirte. En unos días debo irme y no quiero dejarte para nadie. Sé que sólo tengo una opción. Ayudado por la memoria busco a un lado de la cama entre mis cosas desperdigadas. Cuando lo encuentro lo tomo entre mis manos y me arrodillo a tu lado, mi mano temblorosa lo sostiene junto a mi muslo. En ese momento abres los ojos y me regalas tu sonrisa y yo te regalo una certera puñalada en el pecho. Tu sonrisa se va desdibujando mientras tu sangre caliente inunda las sábanas. El grillo calla por primera vez. Limpio mis manos con tu vestido, beso tus labios aún tibios y me alejo. Sé que no serás más de nadie (ni siquiera mía).

LA CHICA DE ROSADO

Mientras tengo una terrible pelea de cuyes en mi cabeza, veo que aparece el carro que me lleva a casa de mi hijo. Me subo y acomodo lo mejor que puedo en ese minúsculo asiento de plástico. No he terminado de hacerlo y una chica se sienta a mi lado. No puedo evitar mirarla, trae el pelo corto y una camiseta rosada. En ese momento ella voltea y también me observa pero a diferencia de mí, ella no me saca la mirada de encima para nada.

Pasan unos cinco minutos y casi no ha dejado de mirarme, incómodo por eso, decido bajar del carro a pesar de estar lejos de mi destino. Me bajo y cuando volteo veo a la chica de rosado a mi lado pero ya no me mira, ahora parece buscar algo en su bolso. Aprovecho esa distracción y subo al primer carro que viene, me acomodo entre la gente. Apenas alguien se pone de pie, corro a ocupar ese asiento. Se acerca el cobrador, me pide el pasaje, le doy un billete y me pregunta cuántos se cobra. le respondo con una ironía que su limitado cerebro no alcanza a entender.

-El del chofer, el tuyo y si alcanza el mío.

El tipo se rasca la cabeza y me dice que se refiere a si se cobra el pasaje de la señorita que "está conmigo", volteo a ver a mi supuesta acompañante y es la chica de rosado que me mira inexpresiva. Le digo que no, que es sólo el mío. Me bajo en el siguiente paradero. Paranoico por la situación decido tomar un taxi que me lleve a casa de mi hijo. Cuando llego, él me interroga por la rara expresión de mi rostro, le digo que no se preocupe y vamos a comer unos helados. Cuando llegamos la heladería está llena así que le digo que suba al segundo piso y separe una mesa. Hago el pedido y subo con mis helados pero lo que veo me deja más helado que los propios helados: mi hijo está conversando con la chica de rosado, dejó la bandeja, tomo a mi hijo de la mano y lo saco del lugar ante sus quejas por irnos sin comer helado.

-Te he dicho que no hables con extraños.
-Pero no lo hacía.
-¿Y eso qué era?
-Era extraña, no extraño.
-Es lo mismo.
-No lo es, mira te explico….
-Te he dicho que es lo mismo y no me discutas.


Lo dejo en su casa y le digo a su madre que no lo deje salir solo, ella me dice que soy un paranoico. Me tomo un taxi y regreso a mi casa. Me tomo un par de pastillas para dormir (que irónicamente son de color rosado) y no tardo mucho en entregarme a ese sueño artificial pero necesario, falso pero justiciero. Sólo los fuertes golpes contra la puerta me logran sacar de mi pasajera muerte. Confundido y con la boca pastosa voy hacía la sala dando tumbos, chocando contra todo, abro al puerta y el sueño se me va de golpe, frente a mí está la chica de rosado que sin decirme nada se mete a mi casa. Resignado a mi derrota cierro la puerta, le digo que se siente y se sienta como en su casa, voy a mi cuarto, tomo tres pastillas (rosadas) más y me abandono al sueño mientras pienso en cómo justificar a la chica de rosado cuando mi hijo venga a
visitarme.

EL AMANTE DE LAS FLORES

En las montañas de Valkeri
entre los pavorreales que se pavonean
encontré una flor
tan grande como mi cabeza
y cuando me estiré
para olerla

perdí el lóbulo de la oreja
parte de la nariz
un ojo
y la mitad de la cajetilla
de cigarrillos

regresé
al siguiente día
con la intención de cortar
aquella maldita cosa
pero la encontré
tan hermosa
que en cambio
maté un
pavorreal.

Charles Bukowski.